Borderlands, una película basada en un videojuego conocido por su violencia y humor irreverente, sufrió un fracaso en taquilla y crítica que su director, Eli Roth, atribuyó a decisiones creativas y presupuestarias que desvirtuaron la esencia original del material. Roth comentó que la producción intentó apelar a un público más amplio al rebajar la calificación por edad, con lo que se perdió gran parte del tono característico del juego.

El filme, que se gestó durante más de una década, enfrentó múltiples cambios desde su inicio, cuando solo existía la primera entrega del videojuego. Originalmente, el proyecto contemplaba una calificación R para mostrar violencia explícita, pero la influencia del presupuesto de alrededor de 120 millones de dólares llevó al estudio a adoptar una postura más conservadora, lo que se tradujo en una clasificación para mayores de 13 años. Esta restricción limitó la violencia y el contenido adulto, elementos que el público gamer ya esperaba y valoraba en la saga.

Roth reveló que no fue el director original y que el cambio de enfoque hacia un tono más moderado generó una película que no fue atractiva ni para los fanáticos ni para un público generalista. Sin la brutalidad exagerada ni el humor negro característicos de Borderlands, el resultado final quedó en un territorio ambiguo, ni adulto ni infantil, perdiendo su identidad. Esta situación ha sido destacada porque la mayoría de los videojuegos principales de la saga cuentan con clasificación para mayores de 18 años, a excepción de algunas entregas como Tiny Tina's Wonderlands, que tiene PEGI 13.

Desde 2011, cuando Arad Productions puso el proyecto en marcha, el rumbo del filme cambió varias veces, incluyendo planes para crear un universo cinematográfico similar al de Marvel. Sin embargo, cada propuesta original terminó descartada y la película se retrasó durante años, hasta estrenarse finalmente en 2024, lejos del impacto esperado.

La experiencia de Borderlands refleja los desafíos que enfrentan las adaptaciones de videojuegos al cine, donde balancear fidelidad al material original y exigencias comerciales puede determinar el éxito o fracaso. Según Roth, la falta de riesgos por parte del estudio, motivada principalmente por el elevado presupuesto y querer atraer al máximo público posible, fue capital para el desenlace negativo del filme.