En la cinematografía colombiana, la figura femenina suele estar encasillada en papeles de madres o víctimas, casi siempre sin autonomía ni independencia fuera de los mandatos sociales y familiares. Esta tendencia persiste incluso cuando la directora es mujer, reflejando un sistema patriarcal y heteronormativo que moldea tanto la narrativa como la construcción de personajes femeninos.

Las protagonistas de estas historias rara vez escapan a las limitaciones impuestas por la mirada masculina y los estereotipos tradicionales. Esto se observa desde los relatos pioneros de cineastas como Camila Loboguerrero, cuya obra muestra personajes femeninos subordinados a figuras masculinas, aun cuando parecen rebeldes o autónomas. Incluso en biografías como la de María Cano, líder sindical colombiana, se evidencia cómo el contexto histórico y político dominado por hombres restringe la agencia femenina.

Dos ejemplos recientes ilustran esta realidad: “Chocó” (Jhonny Hendrix, 2012) y “Amparo” (Simón Mesa, 2022). En la primera, la protagonista afrodescendiente soporta abusos machistas mientras sostiene a sus hijos con trabajos precarios. En la segunda, una madre lucha desesperadamente para evitar que su hijo sea reclutado por el ejército, centrando su vida en la protección de su familia. Ambos personajes encarnan el sacrificio y la lucha desde su rol maternal, mostrando la carga emocional y estructural que el cine colombiano pone sobre las mujeres.

Este esquema representa un patrón constante donde las figuras femeninas no solo quedan subordinadas a la esfera masculina, sino que también son limitadas a un espacio que legitima su sufrimiento y sacrificio como parte natural del ser mujer. Dicha representación plantea un desafío para futuros relatos que buscan mostrar a las mujeres colombianas con una voz propia y desde su propia perspectiva.