Mark Fischbach, más conocido como Markiplier, dio un paso arriesgado al llevar su juego de terror de culto Iron Lung a la pantalla grande, financiando y liderando un proyecto que combinó actuación, dirección, guion y edición a su cargo. La película se estrena como un producto artesanal y cargado de pasión, que destaca frente a la industrialización habitual del cine contemporáneo.

La trama se desarrolla en un futuro distópico donde la humanidad parece haber desaparecido casi por completo, dejando supervivientes varados en estaciones espaciales. En este contexto oscuro y desolador, seguimos a un prisionero que se aventura en un submarino sin ventanas, navegando por un mar de sangre. La tensión se construye casi exclusivamente a través de cámaras internas y paneles de control, creando una atmósfera claustrofóbica y opresiva que privilegia lo psicológico sobre lo visual.

Sin embargo, la cinta enfrenta dificultades a la hora de mantener el interés durante sus más de dos horas de duración. Esa extensión resulta problemática, ya que buena parte del metraje está dedicado a escenas contemplativas donde el protagonista observa las pantallas y responde a ruidos inquietantes, generando una sensación de lentitud que puede superar el límite tolerable para el espectador. La obsesión por mantener el misterio y la atmósfera termina diluyendo la tensión, afectando el ritmo general del filme.