La película A Muerte de Robin Hood propone una visión cruda y melancólica del legendario forajido, centrada en sus años finales lejos de la gloria y la imagen romántica. Hugh Jackman encarna a un Robin Hood envejecido, enfermo y aislado en una frontera montañosa del siglo XIII, víctima del desgaste físico y psicológico producto de su vida violenta y fuera de la ley.
Este relato se aleja del tradicional escapismo de capa y espada para explorar el peso de sus decisiones en un contexto hostil. La acción se sitúa en 1247, donde el héroe, exiliado en la soledad y la penuria, recibe la inesperada llegada de Pequeño Juan, interpretado por Bill Skarsgård, quien lo invita a un último enfrentamiento. Tras resultar gravemente herido, Robin Hood es llevado a un priorato remoto donde la calma y el silencio contrastan con su pasado turbulento.
En ese refugio, la historia se vuelve introspectiva. Bajo el cuidado de la hermana Brigid, encarnada por Jodie Comer, el protagonista debe enfrentar sus heridas físicas y emocionales, así como los fantasmas de su pasado. Allí convive con otros personajes vulnerables, como un hombre enfermo y enigmático (Murray Bartlett) y una niña traumatizada (Faith Delaney), quienes desconocen la verdadera identidad de su huésped.
El director Michael Sarnoski, reconocido por su enfoque sensible en cintas anteriores, buscó alejarse del mito tradicional para mostrar una versión más honesta y áspera de la época medieval. Su interés se centró en recuperar la realidad brutal del siglo XIII, donde la supervivencia implicaba enfrentar una dureza implacable y la violencia constante.
El film plantea un giro dramático que traslada el relato de la acción frenética a la meditación y el conflicto interno del protagonista, quien, en su reclusión, se ve obligado a evaluar el legado de sus actos y sus consecuencias personales. Esta nueva interpretación no solo humaniza a Robin Hood sino que también cuestiona la construcción legendaria que durante siglos ha acompañado su figura.
