Toy Story 5 muestra que la franquicia aún tiene historias relevantes para contar, alejándose de la nostalgia y centrándose en un tema actual: la relación de los niños con la tecnología. La película se concentra en Bonnie, ahora con ocho años, y sus dificultades para conectarse con otros niños. Para apoyarla, sus padres le regalan Lilypad, un dispositivo inteligente diseñado para fomentar amistades y entretenimiento digital, aunque esta solución provoca un distanciamiento paulatino de sus juguetes.
El filme plantea una reflexión sobre el uso equilibrado de la tecnología, sin caer en discursos exageradamente alarmistas. No condena el avance tecnológico, sino que cuestiona su impacto cuando se convierte en un sustituto de la creatividad, el juego imaginativo y las interacciones humanas. La trama recuerda que la tecnología puede aportar beneficios si se usa adecuadamente, pero también puede interferir negativamente en el desarrollo social de los niños.
En esta continuación, Jessie toma el protagonismo y aporta la carga emocional más profunda. Ella vuelve a enfrentar sentimientos de abandono y el temor a no ser suficiente para Bonnie, renovando así la dinámica de la saga y explorando temas de pertenencia, madurez y el paso del tiempo. La historia de Jessie conecta con la inseguridad de Bonnie por encajar socialmente, generando un paralelo que enriquece el relato.
Aunque Woody sigue siendo parte de la historia, su papel cede espacio a esta nueva visión desde la mirada de Jessie. Por otra parte, el grupo de Buzz Lightyears tecnológicos introduce una subtrama que a veces parece desconectada y rompe el ritmo narrativo, pero cobra relevancia hacia el desenlace y aporta al cierre de la aventura.
La película ha recibido críticas anticipadas en redes sociales, basadas en el temor de que la saga no debía continuar. Sin embargo, Toy Story 5 demuestra que expandir la psicología de sus personajes y actualizar sus conflictos puede crear una secuela significativa que no se limita a homenajes del pasado.
