Jane Schoenbrun volvió a hacer una entrada destacada en el Festival de Cannes con su último largometraje, una obra que mezcla terror, erotismo y referencias culturales para explorar conflictos contemporáneos en torno a la identidad, el sexismo y el puritanismo. La película sigue a una directora que busca revivir una cinta de terror de culto, embarcándose en una aventura psicosexual con la actriz original, desatando así un relato que navega entre el Eros y el Tánatos.

Protagonizada por Hannah Einbinder, reconocida por su trabajo en la serie ‘Hacks’, y Gillian Anderson, célebre por ‘Expediente X’, la película rinde homenaje tanto a la era dorada de los videoclubes como a los ‘slashers’ de serie B. Schoenbrun mantiene su sello característico, combinando atmósferas oníricas con temáticas de disforia corporal, utilizando el cine como metáfora para analizar la relación entre realidad y ficción, y cómo la cultura digital moldea la identidad.

El film no sólo se detiene en el terror o la estética, sino que indaga críticamente en cuestiones como la transfobia y el sexismo presentes en el género, al mismo tiempo que despliega un amplio abanico de referencias pop que abarcan desde David Cronenberg hasta elementos tan cotidianos como el pollo frito y golosinas. La narrativa se presenta como un delirio cinéfago, denso en reflexión pero también visceral y entretenido, que encuentra un equilibrio entre lo grosero y lo sofisticado, y entre lo melancólico y lo gozoso.

Este largometraje consolida a Schoenbrun como una voz distintiva en el cine independiente estadounidense, continuando la línea iniciada en sus trabajos anteriores, donde examinó las nuevas formas de identidad a través de atmósferas que recuerdan el universo onírico de David Lynch. Su apuesta por un cine que subvierte narrativas tradicionales y aborda experiencias no binarias encuentra en Cannes un espacio para seguir desafiando convenciones y expandiendo su universo artístico.