Leonardo Álvarez Pérez, juez de trayectoria consolidada, ha logrado fusionar su rigurosa actividad judicial con una pasión que nació en la infancia: el cine clásico. Desde pequeño quedó fascinado por películas de vaqueros como Los siete magníficos y Terremoto, experiencias que marcaron su vida y hoy alimentan su proyecto televisivo.

En una televisión local de O Carballiño Álvarez conduce semanalmente “La hora de los clásicos”, un programa dedicado a presentar y analizar la filmografía que lo apasiona. Este rol le permite dejar a un lado el protocolo y la formalidad del tribunal para entregarse por completo a hablar de este arte, sin recibir remuneración alguna. Para él, más que un trabajo, es una afición que aporta equilibrio a su vida personal y profesional.

El magistrado rememora que su gusto por el cine se afianzó en la niñez, cuando seguía las emisiones de Primera sesión de Televisión Española, concentrándose especialmente en los argumentos del western. Este género sigue siendo su favorito, no solo por nostalgia sino por la imaginación y el sentimiento que caracterizan a sus clásicos. Según su criterio, el cine de antaño poseía una originalidad y una emotividad que, en su opinión, Hollywood ha ido perdiendo.

Conciliar la exigente carrera judicial con su canal de difusión cultural no ha sido sencillo. El acceso a la judicatura supone un arduo proceso de oposición, con una exigencia académica y de dedicación que continúa durante toda su trayectoria profesional. Sin embargo, el cine clásico le ofrece un espacio de desconexión total, un respiro que valora profundamente ante la dureza de sus responsabilidades en la sala.

Además de su labor como juez, donde desde hace años ostenta la presidencia de Tribunal de Instancia en Ourense, Álvarez diversifica su faceta pública con esa imagen menos solemne y más cercana que adopta ante la cámara. En ocasiones, incluso se presenta caracterizado, dejando ver su lado creativo y lúdico, muy alejado de la seriedad de la toga.

Su compromiso con divulgar el cine clásico rescata un patrimonio cultural que influye en nuevas generaciones, mostrando que el amor por el séptimo arte puede coexistir con otras vocaciones profesionales, a la vez que se construye un puente entre la tradición y el público contemporáneo.