Un estudio realizado por la Universidad de California en Santa Bárbara revela que ver cortometrajes curados artísticamente fomenta la creatividad de manera causal, no solo correlativa. Participantes que visualizaron una selección de cortos con carga artística mejoraron considerablemente en pruebas destinadas a medir pensamiento original y flexible, en comparación con quienes vieron videos más triviales.
Para definir qué se consideraba arte en este experimento, los investigadores recurrieron a Short of the Week, una plataforma que selecciona cortometrajes mediante un panel de expertos de la industria basada en su mérito artístico. Esta metodología permitió establecer un umbral claro entre obras con valor artístico y videos de entretenimiento casual, como bloopers amateurs.
En la prueba, el grupo que vio videos ligeros experimentó mayor alegría inmediata, pero el conjunto que disfrutó de películas más complejas, con estructuras formales innovadoras y matices emocionales profundos, obtuvo mejores resultados en tareas creativas. El impacto se vinculó a la necesidad que tienen estos cortometrajes de activar procesos mentales relacionados con la interpretación, la ambigüedad y la sensibilidad emocional, aspectos que desafían de manera directa la mente del espectador.
El estudio usó una lista breve con cinco obras animadas de aproximadamente siete minutos cada una, creadas por artistas contemporáneos como Lizzy Hobbs y Zohar Dvir. Estas piezas no solo resistieron una categorización simple sino que recompensaron la atención activa, generando una fricción intelectual beneficiosa para el desarrollo creativo.
Este hallazgo aporta respaldo científico a una intuición que ya existía en la comunidad cinematográfica y audiovisual: los cortometrajes no son únicamente un formato breve, sino un espacio privilegiado para la experimentación narrativa y visual, clave para potenciar la innovación cultural.